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21 noviembre 2011 1 21 /11 /noviembre /2011 19:14
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21 noviembre 2011 1 21 /11 /noviembre /2011 19:13
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21 noviembre 2011 1 21 /11 /noviembre /2011 19:11

 

Hannah Arendt es una de las más grandes pensadoras del siglo XX, de origen judío nació en Hannover en 1906. Fue discípula de Heidegger, Husserl y Jaspers. Fue una mujer que ha pensado la política desde la condición humana y la vida del espíritu. 

Vivió en Alemania hasta 1933 y, en 1941, tras la ocupación alemana de Francia se estableció en Nueva York. Fue profesora de las Universidades de Berkeley, Princeton, Columbia y Chicago. También se desempeñó como directora de investigaciones de la Conference on Jewish Relations (1944-1946) y como colaboradora de diversas publicaciones periódicas como Review of politics, Jewish Social Studies, Partisan Review y Nation.

Dividió conscientemente sus actividades entre la filosofía y la teoría política, llegando a adquirir un sólido prestigio tanto en Europa como en América.

Pensadora audaz, difícilmente encasillable en ninguna escuela filosófica, pero al mismo tiempo capaz de percibir eso de más valor (la vida, la muerte, el absoluto) que se halla en juego en el corazón de las cuestiones históricas y políticas concretas.

Dedicó su vida a la reflexión más honda sobre un tiempo lleno de contrastes como fue el siglo XX y siempre se mostró activamente en la esfera pública interesada en la dignidad del quehacer republicano.

A la hora de reflexionar sobre el poder Arendt asegura que el fenómeno fundamental del poder no es la instrumentalización de una voluntad ajena para los propios fines, sino la formación de una voluntad común en una comunicación orientada al entendimiento. El poder se deriva básicamente de la capacidad de actuar en común.

Habermas la definió como una convencida demócrata radical, su biografa Elisabeth Youn-Bruehl la presentó bajo una fuerte imagen de conservadurismo revolucionario. Lo cierto, es que Arendt era original en materia de pensamiento y nunca quiso abandonar esa condición.

En 1951 publicó Los orígenes del totalitarismo, quizás su libro más famoso, al que siguieron textos tan fundamentales para el pensamiento contemporáneo como Sobre la revolución (1963), Hombres en tiempos de oscuridad (1968), La condición humana (1969), La vida del espíritu (1971) o la crisis de la República (1972).

Pasó sus últimos años ejerciendo la enseñanza en la New School for Social Research, murió en 1975.

 

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21 noviembre 2011 1 21 /11 /noviembre /2011 06:59

"Si en efecto la existencia precede a la esencia, no se podrá jamás explicar por referencia a una naturaleza humana dada y fija; dicho de otro modo, no hay determinismo, el hombre es libre, el hombre es libertad. Si, por otra parte, Dios no existe, no encontramos frente a nosotros valores u órdenes que legitimen nuestra conducta. Así, no tenemos ni detrás ni delante de nosotros, en el dominio luminoso de los valores, justificaciones o excusas. Estamos solos, sin excusas. Es lo que expresaré diciendo que el hombre está condenado a ser libre. Condenado, porque no se ha creado a sí mismo, y, sin embargo, por otro lado, libre, porque una vez arrojado al mundo es responsable de todo lo que hace."


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20 noviembre 2011 7 20 /11 /noviembre /2011 13:10

 

Toda argumentación pretende la adhesión de los individuos y, por tanto, supone la existencia de un contacto intelectual

 

             La distinción entre argumentación y demostración supone apelar a diferentes instancias: la primera atiende a las razones, la demostración, en cambio, a las reglas. Se trata de ámbitos diferentes, cuando uno invade el terreno del otro se producen equívocos e, incluso, graves crímenes. Demostrar es deducir claramente, sin dar lugar a dudas, una cuestión. Por sí sola la demostración tiene poco poder, mejor dicho, tendría poder si se pudiese llevar a cabo, pero sabemos que muy pocas cosas se pueden demostrar, podemos demostrar que una cierta conclusión se sigue de ciertas premisas, pero ¿qué ocurre cuando no se da ese encadenamiento, cuando se trata de argumentar por medio del discurso[2]? Es entonces cuando entran en juego el dar razones, cómo se dan esas razones (es decir, no sólo importa qué se dice sino la manera de expresarlo) y aquellos a los que van dirigidas.

Para que se dé la argumentación se necesita una comunidad efectiva de personas que dialoguen debatan juntos. Tanto en la deliberación en común como en la íntima, uno mismo ha de verse como interlocutor para tener en consideración a los demás pues la relación no es de subordinación, sino entre iguales. El respeto es uno de los pilares de la argumentación, el orador no puede olvidarse de que se dirige a un público, centrarse demasiado o entusiasmarse en exceso a la hora de argumentar puede llevar al olvido del público. Público y orador forman una unidad en su diversidad (tengamos en cuenta que por público nos referimos al propio sujeto que argumenta, al único interlocutor al que se dirigiría si fuese un diálogo y al auditorio universal[3]), uno habla atendiendo a los efectos que su decir produce en los oyentes, los demás escuchan en silencio recreando lo recogido. Todo este proceso resulta imposible sin un lenguaje común (poder entablar diálogo y tener la posibilidad de que se le escuche: no basta con hablar ni escribir, también es preciso que escuchen sus palabras, que lean sus textos[4]) y sin la libertad de expresar lo que se quiera, no se trataría de argumentación sino de imposición.

Como dijimos antes, al argumentar se busca la adhesión del público, ¿cómo? Además de dar razones, de intentar convencer al auditorio, otro elemento esencial es la persuasión. Persuadir no es engañar sino preocuparse del efecto que causa en los demás. Se dice que el amante quiere persuadir al amado, quiere gustar. El orador busca "gustar" al público, juega con su tono de voz, su movimiento, sus gestos. El lenguaje del cuerpo se une a la palabra formando un todo armónico: se cuida de lo que se dice, de cómo se dice y del público.

            El buen orador, parece animarse con el ambiente del auditorio.[5]

Tiene en cuenta al auditorio, intenta despertar su interés preocupándose por saber qué clase de personas componen su auditorio pues el orador necesita del auditorio, necesita su atención y su estima (podrá producirse la adhesión o no, lo importante es el diálogo.

Al auditorio, en efecto, le corresponde el papel más importante para determinar la calidad de la argumentación y el comportamiento de los oradores.[6]



[1] Ch. Perelman y L. Olbrechts-Tyteca, Tratado de la argumentación, Gredos, Madrid, 1989, p. 48.

[2] Ibid.

[3] Ibid., p. 70.

[4] O.c. p. 52.

[5] Ibid., p. 61.

[6] Ibid., p., 62.

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20 noviembre 2011 7 20 /11 /noviembre /2011 12:54

 

De todo lo escrito yo amo sólo aquello que alguien escribe con su sangre.

 

Lo corporal, lo humano, demasiado humano para inscribirlo (escribirlo) en el papel, ¿cómo dejar constancia de eso? Quizá no haga falta: la práctica de escribir es ya signo de nuestra finitud,

La escritura se tiñe de rojo desvelándonos de ese modo su propia esencia: la nada. La palabra escrita se desvanece en puro signo, en flecha que apunta a otro lado: ni habla, ni calla, semantiza. ¿Por qué con sangre? Es la guerra, polemós, como dijo Heráclito, la que reparte los papeles: a unos les toca ser dioses, a otros hombres, ¿cómo escapar a nuestro destino?, ¿cómo escribir de otra manera? Las sentencias sobrevuelan el campo de batalla, mejor dicho, son las que forman ese campo: el del decir y escribir, no para pasar el tiempo sino para abrirlo, como condición de posibilidad del tiempo mismo.

No se trata de leer de manera ociosa, quien escribe con sangre y en forma de sentencias, ése no quiere ser leído, sino aprendido de memoria, dislocar, conmover al lector: apelar a la carne, a la sangre, es convocar a lo más propio de nosotros, a nuestra finitud, nuestra condición de ser mortales. El aforismo, escritura que quiebra la escritura, y que no se inscribe en lo que viene dicho, coloca en la extremidad del pensar. Desfallecida la escritura tradicional, la palabra retorna, resurge, cual ave fénix, de las cenizas con el eterno fluir, danzar, de las sentencias.

La palabra renace vivificada, danza ante nosotros al son del también renacido arte de oir, ¡qué lejano queda ya Wagner! La música wagneriana, grandiosa, se empolva y llena de telarañas, ella misma es telaraña, como las oxidadas imágenes del cristianismo. Frente a esto la escritura-danza, mezcla de soledad y compañía: lujuria, fiesta con el cortejo de Diónisos, risa y baile, mas, acompañados por nuestra radical soledad (presente incluso en compañía): Quiero correr solo, para que de nuevo vuelva a haber claridad a mi alrededor. Para ello tengo que estar todavía mucho tiempo alegremente sobre mis piernas. Mas este atardecer en mi casa- ¡habrá baile!-. Es en esa soledad cuando irrumpe en él la doctrina del eterno retorno, la visión del más solitario. El Eterno Retorno que puede ser leído como un retornar una y otra vez a los textos, no en el sentido del movimiento sino de la acción, pues ese "retornar eternamente" a la lectura del texto es la finalidad del proceso, es la finalidad sin fin.

F. Nietzsche, Así habló Zaratustra. Un libro para todos y para nadie, Alianza Ed., Madrid, 2001, p. 73.

Ibid.

A. Gabilondo, Trazos del eros, Tecnos, Madrid, 1997, p. 32.

F. Nietzsche, Ecce homo, p. 93.

A. Gabilondo, o. c., p. 36.

F. Nietzsche, Así habló Zaratustra, ed. cit., p. 374.

Ibid., p. 228.

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19 noviembre 2011 6 19 /11 /noviembre /2011 13:44

La vida no es algo dado, algo ya hecho. Cada uno e nosotros va transformando el mundo. ¿Por qué no plantearnos transformarlo a mejor? El ser humano tiene la capacidad de cuestionar lo que hay y cambiarlo, nunca es tarde para intentar enmendar los errores del pasado y hacer de este planeta un lugar más habitable para todos.

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14 noviembre 2011 1 14 /11 /noviembre /2011 07:55
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14 noviembre 2011 1 14 /11 /noviembre /2011 07:53
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13 noviembre 2011 7 13 /11 /noviembre /2011 11:26


Immanuel Kant vivió en el siglo XVIII, coincidiendo con la independencia de los Estados Unidos, la Revolución Francesa y los inicios de la Revolución Industrial. Estos cambios estuvieron vinculados a la consolidación del capitalismo y al ascenso social y político de la burguesía, que impuso un nuevo modelo cultural: la Ilustración (Siglo de las Luces o Iluminismo). Kant compartió con el resto de los ilustrados los ideales de tolerancia, igualdad, libertad y progreso de la humanidad, de los que se hizo eco en sus obras, donde describe la Ilustración como aquella actitud mental por la que el hombre se decide a "salir de su minoría de edad [...] utilizando su razón sin ayuda de otro".

En el terreno político, predomina el despotismo ilustrado, sistema en el que los monarcas aplicaban las reformas sociales propugnadas por los ilustrados, pero sin contar con la participación popular. En Prusia, el prototipo de monarca ilustrado fue Federico II el Grande -muy admirado por Kant- protector de la libertad de pensamiento.

La Encicopedia, que defendía los principios de tolerancia, cosmopolitismo y respeto a la dignidad del ser humano, es la mejor expresión de los ideales ilustrados. Con la Ilustración culmina el movimiento de secularización característico de la Edad Moderna: la razón se libera de cualquier tutela política o religiosa.

Todos los ilustrados mantuvieron el ideal del progreso: pensaban que los avances educativos, científicos y tecnológicos harían posible una humanidad más justa e igualitaria. Así, Kant proponía fundar una Sociedad de Naciones que acabara con la rivalidad entre los Estados.

En el terreno científico, la física de Newton (adoptada por Kant como modelo de conocimiento científico riguroso) culminaba la obra de Copérnico, Kepler y Galileo, con una concepción de la ciencia basada en la combinación de la experimentación y el cálculo matemático. En este siglo, la ciencia avanzó de forma considerable.

El contexto filosófico en el que se va a desarrollar la filosofía de Kant está dominado por el enfrentamiento entre racionalistas y empiristas, que mantenían concepciones diferentes del conocimiento humano: mientras que los racionalistas sustentaban todo el conocimiento en principios procedentes de la razón, los empiristas apoyaban su explicación del conocimiento en los datos de la experiencia. Kant, educado en el racionalismo pero sensible a los argumentos del empirismo, sintetizará ambas corrientes en su filosofía trascendental. Desde el racionalismo dogmático alemán, Wolff mantenía la posibilidad de la metafísica, es decir, de un saber a priori, independiente de la experiencia, acerca del alma, del mundo y de Dios. Desde el empirismo, Hume, al fundar el conocimiento humano a posteriori, en la experiencia, consideraba la metafísica una ciencia imposible.

En el ámbito religioso destacan tres corrientes: el deísmo de Voltaire, que mantenía una religión natural, válida para todos los seres humanos y sin dogmas; el pietismo, secta protestante que basaba la religión en la reflexión personal y en la práctica de la virtud; y el ocultismo místico de algunos teósofos, que significó el contrapunto a la filosofía de las luces.

Respecto a la Ilustración alemana, debemos destacar que la fragmentación de Alemania en pequeños principados, el humanismo protestante y la libertad de conciencia, hicieron que se diferenciase notablemente de la francesa e inglesa. No obstante, la influencia que ejercieron el pensamiento inglés y el francés fue importante. Su espíritu académico se caracterizó por ser claro y sistemático. Los ilustrados alemanes se preocuparon principalmente por la filosofía de la religión, la metafísica y la educación.

Entre los pensadores que más influencia ejercieron en la Ilustración germana podemos destacar a Lessing y a Mendelssohn.

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