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Estoy ya viejo, cansado, temblando sólo de pensar que las Parcas corten ese hilo del que pendo y... ¡no! Insufrible es para mí pensar en la muerte, en el momento de atravesar la Estigia, acaso porque temo no encontrar laguna alguna sino sólo un laberinto. Intento borrar de mi cabeza esta funesta idea pero se resiste a abandonarme, hace días que me encierro en mi cuarto, solo, día y noche, con la única compañía de este siniestro pensamiento y de su encarnación en la realidad: el espejo.

Hoy, como tantos otros días, mi mente vuela lejos, atraviesa veloz el espacio y el tiempo guiada por el carro del Infortunio hasta la tierra de Creta. ¡Qué bellos y tristes recuerdos! Recuerdos tan nítidos que me encogen el corazón, se presentan ante mí como fantasmas, espectros que vuelven noche tras noche, incansables, para recordarme lo que soy. Recuerdo esa nave en la que me embarqué junto a siete doncellas y siete varones, de sus temerosos ojos brotaban destellos de esperanza al posarse en mí, en ese que sería su salvador, su héroe. Yo era entonces un apuesto joven que había salvado innumerables peligros, era el orgullo de Atenas. Hasta que sucumbió la desgracia.

En Creta fui muy bien acogido, todos querían conocer al gran Teseo, a aquel que se proponía matar al temible Minotauro. Sólo de escribirlo me tiembla el pulso y se me nubla la vista, si no fuese por ti dejaría esta carta y me abandonaría a mis pesadillas recurrentes, ¡oh, Ariadna! Es tu recuerdo el que aún me mantiene con vida, ¡oh, amor, mi único amor! Al desembarcar en Creta te encontré y supe que siempre te había querido. Estabas allí, en pié frente a la costa, con un halo de luz que te envolvía haciéndote brillar como a una diosa olímpica. Ariadna, ¿estas aquí? Te veo tumbada en mi lecho, con tu vestido blanco y tu suave piel nacarada, tus labios entreabiertos parecen buscar unas palabras ya dichas, negros tus cabellos como la noche, se ensortijan y cubren ese fino cuerpo que una vez yació a mi lado, y tus ojos... Esos ojos castaños, transparentes, que antaño me juraron amor eterno hoy los veo cerrados. ¿Duermes? ¡no! ¡no me dejes! Como por arte de magia te desvaneces ante mí, me abandonas dejando el lecho vacío, desnudo, igual que quedaste tú cuando tuve que partir. ¡Lo siento diosa, amada, amiga!

Acaso mi castigo eterno no esté en el Tártaro sino aquí y consista en soñar verte en todas partes como aquella noche te vi, la última noche, tendida, dormida en la isla de Naxos. Me fui de tu lado pero mi corazón quedó contigo, en mi huida sentí cómo Dionisos se te acercaba, mi dulce ángel, le vi lanzar hacia el cielo mi regalo de bodas, esa corona con hojas y rojas flores que yo mismo entretejí. En su ascenso las formas y colores daban paso a puntos luminosos, una multitud de cuerpos cada vez más lejanos que en las noches nos observan desde el estrellado firmamento: la Corona Boreal. Yo siempre he preferido llamarlos Corona de Ariadna, oscuras brumas que son parte de ti, tu callada presencia en esa dolorosa ausencia en la que te encuentras; inmóviles astros, parte de ese nosotros que una noche fuimos, noche en la que me sentí más vivo que nunca. Ariadna. Ariadna.

Esa noche me enseñaste lo que era la vida, tú, mi amada, mi salvadora. Siempre confiaste en mí y yo te traicioné. Todos los días te invoco pidiéndote perdón, pidiéndote que escuches esta inútil confesión, eso que aquella noche callé por no borrar tu sonrisa, tu radiante sonrisa. ¿Cómo narrar lo que vi en el laberinto? ¿cómo explicar lo que sentí allí? El laberinto. Inhumana construcción tan temible que la mirada procura no percibir. El laberinto nos unió y al mismo tiempo nos separó definitivamente. Me tendiste tu ovillo para conseguir regresar tras matar al Minotauro. Mas aquel que regresó era una sombra, un muerto en vida, pues yo, el Teseo que conociste, sigue vagando por esos serpenteantes corredores.

Entré en busca del Minotauro confiado de poder vencerle, con la espada en la mano derecha y el ovillo en la izquierda. Los días que permanecí allí nos unía esa fina hebra, mas nos separaba un abismo; penetrar en ese espacio informe y siniestro significó ya un cambio: allí la lógica no sirve, es una construcción irracional, incomprensible, un lugar en el que los sentidos se estremecen ante algo tan desconocido. Pero, lo que más me asustó fue la suspensión temporal. Ni siquiera hoy, muchos años después, sé cuánto tiempo permanecí allí. Había veces en las que temía que me olvidasen, todos, incluso tú, que pensaseis que estaba muerto, me parecía haber estado siempre allí, aunque los pasillos se me revelaban continuamente como algo cambiante y nuevo. En otras ocasiones me creía recién llegado, un huésped en tierra inhóspita, en lugar sagrado que no debía profanar.

Recorrí amplias explanadas a las que seguían estrechos corredores, por los que casi no se podía transitar, para volver a pasillos ora luminosos, ora siniestros, todos ellos irregulares, con antesalas en círculo, cuadradas, de formas indescriptibles. Escaleras con peldaños desiguales, cada uno con una altura y anchura diferentes; escaleras que subían, bajaban, que me hacían retroceder sin saber porqué, tramos sueltos que no conducían a ningún lugar... Encontré todo tipo de materiales en tan exótica construcción: paredes de granito, de madera, otras totalmente transparentes contra las que chocaba continuamente, espejos que mostraban mi insignificante figura multiplicada, doble, triple,... y un largo camino hacia el infinito.

Para mi sorpresa, no encontré cadáver alguno, ¿qué había sido de todos aquellos que intentaron dar muerte a la bestia? ¿y de las dos entregas anteriores de doncellas y varones? Quizá el Minotauro no dejase desperdicio, lo raro era que no había rastro humano, eso me asustó bastante, ni un escudo, ni una armadura; recuerdo haber pasado mucho, muchísimo tiempo, buscando una huella que me alentase, que me ofreciese compañía. Sólo el ovillo me recordaba que había otros como yo, otros de mi especie y, por encima de todos ellos, Ariadna, junto a la puerta del laberinto, esperando, soñando mi regreso mientras yo me adentraba en unas profundidades que me alejaban cada vez más de ti, pese a nuestra fina unión en la distancia; túneles y recovecos que me alejaban al mismo tiempo de mí mismo.

No sé cuando ocurrió, lo recuerdo como un fogonazo, no llegué a ello mediante la deducción racional (algo que, fuera del laberinto, hacía muy a menudo, no en vano era conocido en Atenas por mi astuta inteligencia), fue una intuición, un asalto. Sucedió de repente, similar al ataque de una fiera, sentí que el laberinto no era un espacio por el que yo transitaba sino que formaba parte de mí, era como si diese vueltas y más vueltas en mi interior. Mi ánimo pasó de la esperanza y del amor por ti, Ariadna, a una especie de desconsuelo. Pasaba túneles, pasillos, estancias, y venían a mí las imágenes de las batallas ganadas, el gigante Cerción, Procustres, el toro de Maratón y tantas otras; recordaba la fama y los aplausos pero todo carecía de sentido, no hallaba un nexo que diese unión a tantos hechos. Entonces, la búsqueda del Minotauro pasó a ser la caza de un fundamento sobre el que asentar lo ya vivido, y tu hebra de ovillo sería el lazo para apresarlo y mostrarlo en Creta, en Atenas y ante el mundo entero, diciendo: "Aquí está, hay una razón, un porqué para vivir, algo que rige tanto a dioses como a hombres".

Recorría mi laberinto interior, en esos momentos estaba seguro de que los muros y todo ese decorado absurdo formaba parte de mí, cuando lo encontré. Allí, a escasos metros, había un bulto tendido en el suelo. Me acerqué sin miedo, lo que sentía entonces era expectación, iba a descubrir el enigma de la existencia, podría presentarme ante la Esfinge y destruirla al contestar todo lo que me preguntase con una sola cosa, con eso que yacía ante mí, inmóvil, quizá inerte. ¡Qué difícil es expresar sentimientos tan hondos! Las palabras huyen ante esos dolorosos recuerdos. Aun ahora, acurrucado en mi lecho, veo esa imagen en la puerta de mi cuarto, dominando todo, dominándome, y me estremezco pues sé que eso sólo es el reflejo de lo que tengo en mi interior, de lo que soy.

Con pasos firmes, sujetando el lazo para cazarlo, me aproximé y mi mente quedó en blanco unos instantes, el cuerpo se me paralizó y, con el rostro desencajado y los ojos al borde de salirse de sus cuencas, observé al Minotauro descompuesto, en compañía de moscas y gusanos que ofrecían una imagen móvil de ese cuerpo quieto, al igual que el mío. Incrustado en el vientre tenía un pequeño espejo que me devolvió mi espectro, una cara huesuda, casi tan muerta como el cadáver. Lo que vivía en mí era aquello que también vivía en el Minotauro, bichos hambrientos que se alimentan de la putrefacción de una carne, de una vida absurda, como el laberinto, cuyo fundamento era un cuerpo vaciado por larvas carroñeras.

La nada, el vacío y el absurdo penetraron en mí, como antes lo hizo el laberinto, mejor dicho, en ese momento fui consciente de lo que era, de lo que soy, algo espantoso, algo incomunicable. Sin saber porqué (ahora ya daba igual actuar sin una razón suficiente) cogí el espejo del vientre del Minotauro, sus inquilinos ni se inmutaron, seguían con ese incansable ir y venir, y yo, tras ir, tuve que volver, desandar lo andado. Mas ese volver era sólo exterior, desde el comienzo supe que el laberinto me acompañaría hasta el momento mismo de mi muerte. Mientras regresaba pensaba en el nuevo descubrimiento, sí, se podía decir que había dado muerte al Minotauro, entendido como monstruo, aberración de la naturaleza, fruto de las pasiones de Parsifae, ése ya no existía, el que había salido a la luz tras la expedición era el Minotauro que hay en el interior del ser humano, lo salvaje que forma parte de nosotros mismos. Quizá esa verdad, lo único cierto que tenemos, fuese ya conocida por otros, lo ignoro, mas para mí fue todo un descubrimiento, fue un choque frontal contra la realidad, contra lo siniestro , tan real como las flechas de Apolo, ¿cómo luchar con algo que no es otro sino constitutivo de mi identidad?

Experimenté lo peligroso y letal de ese "conócete a ti mismo", lo doloroso de la verdad, y comprendí la ausencia de rastro humano en el laberinto. Los que me precedieron en tal empresa volvieron tras sus pasos, asustados, dolidos, mas al salir del laberinto nadie se percató de su presencia, eran sombras de lo que fueron, como yo, necesitaban tiempo para asimilar todo lo descubierto. Yo también necesitaba tiempo pero salí, todavía dislocado, trastornado, y lo primero que vi fue tu rostro, aún más bello que antes. Nuestras manos se unieron entrelazadas por el ovillo, ya viejo, sucio, no por los años sino por todo lo recorrido.

¿Hubiese sido justo envejecer tu cuerpo, ensuciar tu frescura con mis delirios y reflexiones? Temí mostrarte el abismo, no quise exponerte al contacto con la nada, por eso decidí vivir esa noche de bodas plenamente contigo, recorrer tu cuerpo todo, aprenderme cada rincón de ti y guardarlo en mi memoria para soñarte, para conjurarte en las largas horas febriles y solitarias. En esas largas horas, durante años, te he tenido aquí, junto a mí, te he contado tantas cosas... Mas esa Ariadna era mi ensueño; si tuviese algo daría todo por recuperar tu cuerpo, ese que yace junto a Dionisos, conocedor de todo tipo de placeres amorosos, ¿quién si no tú merecería compartir lecho con un inmortal?

A mí la vida me deparó trágicos acontecimientos que ya cantan los poetas: muertes, espectros de Fedra e Hipólito, la soledad en el palacio ateniense, que tanto me costó conseguir de manos de Egeo, y que tan poco he disfrutado.

Pero no puedo, no quiero recuperar el tiempo perdido. El laberinto me ofrece nuevos caminos, los de siempre, y el espejo me devuelve mi imagen, cada vez distinta, en la que palpita el corazón de las tinieblas.

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