Un camino por las grandes cuestiones que desde siempre han ocupado (y preocupado) al ser humano, de la mano de la lechuza de Minerva y de grandes pensadores. Pero el camino tenemos que recorrerlo cada uno, reflexionando y aspirando a conocernos mejor nosotros mismos y comprender el mundo que nos rodea (en el que estamos inmersos y donde tenemos un papel activo que desempeñar)
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| Toda argumentación pretende la adhesión de los individuos y, por tanto, supone la existencia de un contacto intelectual |
La distinción entre argumentación y demostración supone apelar a diferentes instancias: la primera atiende a las razones, la demostración, en cambio, a las reglas. Se trata de ámbitos diferentes, cuando uno invade el terreno del otro se producen equívocos e, incluso, graves crímenes. Demostrar es deducir claramente, sin dar lugar a dudas, una cuestión. Por sí sola la demostración tiene poco poder, mejor dicho, tendría poder si se pudiese llevar a cabo, pero sabemos que muy pocas cosas se pueden demostrar, podemos demostrar que una cierta conclusión se sigue de ciertas premisas, pero ¿qué ocurre cuando no se da ese encadenamiento, cuando se trata de argumentar por medio del discurso[2]? Es entonces cuando entran en juego el dar razones, cómo se dan esas razones (es decir, no sólo importa qué se dice sino la manera de expresarlo) y aquellos a los que van dirigidas.
Para que se dé la argumentación se necesita una comunidad efectiva de personas que dialoguen debatan juntos. Tanto en la deliberación en común como en la íntima, uno mismo ha de verse como interlocutor para tener en consideración a los demás pues la relación no es de subordinación, sino entre iguales. El respeto es uno de los pilares de la argumentación, el orador no puede olvidarse de que se dirige a un público, centrarse demasiado o entusiasmarse en exceso a la hora de argumentar puede llevar al olvido del público. Público y orador forman una unidad en su diversidad (tengamos en cuenta que por público nos referimos al propio sujeto que argumenta, al único interlocutor al que se dirigiría si fuese un diálogo y al auditorio universal[3]), uno habla atendiendo a los efectos que su decir produce en los oyentes, los demás escuchan en silencio recreando lo recogido. Todo este proceso resulta imposible sin un lenguaje común (poder entablar diálogo y tener la posibilidad de que se le escuche: no basta con hablar ni escribir, también es preciso que escuchen sus palabras, que lean sus textos[4]) y sin la libertad de expresar lo que se quiera, no se trataría de argumentación sino de imposición.
Como dijimos antes, al argumentar se busca la adhesión del público, ¿cómo? Además de dar razones, de intentar convencer al auditorio, otro elemento esencial es la persuasión. Persuadir no es engañar sino preocuparse del efecto que causa en los demás. Se dice que el amante quiere persuadir al amado, quiere gustar. El orador busca "gustar" al público, juega con su tono de voz, su movimiento, sus gestos. El lenguaje del cuerpo se une a la palabra formando un todo armónico: se cuida de lo que se dice, de cómo se dice y del público.
El buen orador, parece animarse con el ambiente del auditorio.[5]
Tiene en cuenta al auditorio, intenta despertar su interés preocupándose por saber qué clase de personas componen su auditorio pues el orador necesita del auditorio, necesita su atención y su estima (podrá producirse la adhesión o no, lo importante es el diálogo.
Al auditorio, en efecto, le corresponde el papel más importante para determinar la calidad de la argumentación y el comportamiento de los oradores.[6]