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Un camino por las grandes cuestiones que desde siempre han ocupado (y preocupado) al ser humano, de la mano de la lechuza de Minerva y de grandes pensadores. Pero el camino tenemos que recorrerlo cada uno, reflexionando y aspirando a conocernos mejor nosotros mismos y comprender el mundo que nos rodea (en el que estamos inmersos y donde tenemos un papel activo que desempeñar)

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Sobre Nietzsche y la escritura

 

De todo lo escrito yo amo sólo aquello que alguien escribe con su sangre.

 

Lo corporal, lo humano, demasiado humano para inscribirlo (escribirlo) en el papel, ¿cómo dejar constancia de eso? Quizá no haga falta: la práctica de escribir es ya signo de nuestra finitud,

La escritura se tiñe de rojo desvelándonos de ese modo su propia esencia: la nada. La palabra escrita se desvanece en puro signo, en flecha que apunta a otro lado: ni habla, ni calla, semantiza. ¿Por qué con sangre? Es la guerra, polemós, como dijo Heráclito, la que reparte los papeles: a unos les toca ser dioses, a otros hombres, ¿cómo escapar a nuestro destino?, ¿cómo escribir de otra manera? Las sentencias sobrevuelan el campo de batalla, mejor dicho, son las que forman ese campo: el del decir y escribir, no para pasar el tiempo sino para abrirlo, como condición de posibilidad del tiempo mismo.

No se trata de leer de manera ociosa, quien escribe con sangre y en forma de sentencias, ése no quiere ser leído, sino aprendido de memoria, dislocar, conmover al lector: apelar a la carne, a la sangre, es convocar a lo más propio de nosotros, a nuestra finitud, nuestra condición de ser mortales. El aforismo, escritura que quiebra la escritura, y que no se inscribe en lo que viene dicho, coloca en la extremidad del pensar. Desfallecida la escritura tradicional, la palabra retorna, resurge, cual ave fénix, de las cenizas con el eterno fluir, danzar, de las sentencias.

La palabra renace vivificada, danza ante nosotros al son del también renacido arte de oir, ¡qué lejano queda ya Wagner! La música wagneriana, grandiosa, se empolva y llena de telarañas, ella misma es telaraña, como las oxidadas imágenes del cristianismo. Frente a esto la escritura-danza, mezcla de soledad y compañía: lujuria, fiesta con el cortejo de Diónisos, risa y baile, mas, acompañados por nuestra radical soledad (presente incluso en compañía): Quiero correr solo, para que de nuevo vuelva a haber claridad a mi alrededor. Para ello tengo que estar todavía mucho tiempo alegremente sobre mis piernas. Mas este atardecer en mi casa- ¡habrá baile!-. Es en esa soledad cuando irrumpe en él la doctrina del eterno retorno, la visión del más solitario. El Eterno Retorno que puede ser leído como un retornar una y otra vez a los textos, no en el sentido del movimiento sino de la acción, pues ese "retornar eternamente" a la lectura del texto es la finalidad del proceso, es la finalidad sin fin.

F. Nietzsche, Así habló Zaratustra. Un libro para todos y para nadie, Alianza Ed., Madrid, 2001, p. 73.

Ibid.

A. Gabilondo, Trazos del eros, Tecnos, Madrid, 1997, p. 32.

F. Nietzsche, Ecce homo, p. 93.

A. Gabilondo, o. c., p. 36.

F. Nietzsche, Así habló Zaratustra, ed. cit., p. 374.

Ibid., p. 228.

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